Pseudohuelga en educación

Las huelgas también se han inventado para que los docentes reivindiquen aquello que otros sectores sociales no pedirán por ellos. Sin embargo, a los profesores les avergüenza reclamar la mejora de sus maltratadas condiciones laborales y salariales. En consecuencia, diluyen sus reivindicaciones gremiales en una amalgama de peticiones que entienden moralmente más loables. Un ejemplo es la eliminación de la segregación sexual en las aulas. Se disfrazan entonces de tipos políticamente correctos, y abanderan huelgas que solo dañan a sus bolsillos. Esto tiene dos consecuencias fatales para sus intereses. La primera consiste en negar a las familias el deber de abanderar la vigilancia de las leyes educativas. La segunda es que inutilizan las únicas armas legales para luchar contra los abusos laborales. Con esto último se convierten en esclavos directos y consentidos de las administraciones.

Las huelgas no son un instrumento para mostrar su superioridad moral. Tampoco forman parte de la interminable y grotesca labor de agradar todo el tiempo a los alumnos y a sus familias. Nadie, por cierto, se la ha encomendado. Igual que el docente ha de enseñar lo que no gusta, debe informarles a los padres de lo que no les agrada. Pero además, ha de reivindicar lo que es justo a través del daño que provoca la interrupción indeterminada de su servicio. En buena lógica, los docentes no deberían secundar la huelga a la que están convocados este 9 de marzo. Para los docentes es solo una pseudohuelga mediante la cual menoscabar su ya minimalísima autoridad.

El superego social

¿Aceptaríamos los españoles un presidente de origen subsahariano, ecuatoriano o gitano? Las risas enlatadas de la televisión nos libran del trabajo de reír y así descansamos. Del mismo modo, Obama nos ha librado del oprobio de ser representados por minorías o hijos de inmigrantes. La violencia machista, xenófoba y homófoba nunca ha sido tan notoria en España como en la actualidad. Las muertes, lesiones y ataques por estas razones son más numerosas que nunca.

Así, el discurso de Trump no es muy diferente al que podemos escuchar en bares y hogares españoles. Nuestro superego es esa parte de la mente que reprime lo políticamente incorrecto. En entornos familiares este deja paso mediante chistes machistas, racistas y homófobos a la verdad que públicamente somos incapaces de suscribir. Nuestra mente no puede vivir en un estado de tensión absoluta provocada por el deseo de la perfección moral absoluta. El humor nos libera de la tensión que provoca ese deseo de ser perfectos o de parecerlo. Debemos ejercitarnos en él lo mismo que los perros deben correr y cagar por las calles de las ciudades. Es una válvula de escape tan sucia como necesaria.

Sin embargo, les exigimos a nuestros políticos y a nuestros humoristas discursos neutros que no dañen a nadie. Con eso les pedimos que nos libren de encontrarnos con nosotros mismos. Les pedimos públicamente que nos desconozcan o que si nos conocen que nos ignoren. Es, por el contrario, imposible gobernar o hacer reír a un pueblo cuya esencia se desconoce. La nesciencia solo conduce a  la injusticia política y al aburrimiento.

Trump nos pone delante un espejo en el que llevamos años sin mirarnos, y eso francamente nos duele. La misma operación está tras el falso documental Borat del humorista Sacha Baron Cohen. El hecho de que seamos moralmente tan feos no es su culpa.

En este contexto, la nueva izquierda intelectualoide se piensa y dice superior moralmente frente al gran paleto norteamericano. Pero los tontos que nunca leen ni van a un museo no les creen ni les votan. El problema para esta izquierda es que los paletos, los cuñados y los abuelos son la absoluta mayoría.

El timo del prosumidor

Se dice que ya no hay ideologías. Sin embargo, vemos más probable el fin de la humanidad por el cambio climático que el fin del capitalismo. Es como si pensásemos que el capitalismo sobreviviría sin nosotros a una catástrofe nuclear. Es la cucaracha de Kafka, el zombi perfecto que ha ido todo el rato al gimnasio. Un cuerpo sin alma y sin espíritu. La imagen de nuestros deseos, el cuerpo perfecto, hecha distopía generalizada.

Porque simplemente es falso, el capitalismo debe ser criticado. Y además porque consiste en prohibirle al trabajador el disfrute de la totalidad del producto de su trabajo. Los asalariados olvidaban hasta ayer esta injusticia legalizada gracias a los salarios y otros derechos laborales obtenidos como compensación . Por contra, hoy se habla de crisis por el retroceso de estas conquistas y por la dictadura de los mercados. Sin embargo, estas solo son las consecuencias de la injusticia rediviva de un sistema que nos ofrece hoy su peor pero ya conocida cara.

El mercado de trabajo funciona gracias al empobrecimiento de los productores y al enriquecimiento de intermediarios, publicistas y distribuidores. Los beneficios de las producciones no son disfrutados por los creadores sino por cadenas de distribución, plataformas tecnopublicitarias y representantes. Lejos de devolvernos los derechos sobre nuestras creaciones, la tecnología justifica el capitalismo creando la figura del prosumidor. Esta surge de la mezcla de productor y consumidor. Y se dice además que empodera a los consumidores activos frente a las empresas gracias a la producción de comentarios en páginas y aplicaciones.

Además, la tecnología nos libera de la obligación de comprarlo todo porque nos proporciona herramientas de autoconsumo como las impresoras 3D. Sin embargo, estas libertades son pura apariencia y mentira. El esclavismo participativo que conllevan solo tiene como objetivo dividir y controlar a las sociedades para manejarlas con más holgura. Ante estos problemas sociales solo caben salidas realmente sociales. Empecemos, pues, por desear socialmente lo que sufrimos individualmente.