Machismos en los sanfermines

Llegan los sanfermines y los políticos pamploneses no desean más imágenes de libertinaje que estropeen su idilio con los medios. No desean que el chupinazo se asocie mediáticamente a la inseguridad ciudadana. Y es un deseo justo e inexcusable. Sin embargo, no sé si están haciendo lo necesario por que no se produzcan en lo sucesivo.

Hagamos una búsqueda en Google con la cadena “agresiones machistas san fermín”. No encontraremos imágenes de esas famosas agresiones repugnantes cometidas al amparo de la nocturnidad. Las estadísticas de agresiones sexuales confirman también que la mayoría se producen en el ámbito familiar. Por contra, hallaremos en internet decenas de muchachas que voluntariosamente se desfajan sus atributos ante la mirada de sus congéneres. Facilitan así tocamientos por parte de ambos sexos, e incluso otras prácticas de temerosa publicidad.

Los políticos han abdicado de la gestión de la realidad por el gobierno de las imágenes. Deberían entonces, en buena lógica, prohibir estas exhibiciones femeninas para impedir su conexión con agresiones del todo puntuales y despreciables. El hecho de no prohibirlas encubre un machismo mucho mayor que el hecho de defenderlas como expresión de la libertad femenina. Este consiste en dotar a los hombres del derecho a ver desnudas a las mujeres a condición de no tocarlas.

Habría que ver si ante una exhibición masiva de miembros viriles en el mismo contexto, la reacción de la política era la preservación del mismo privilegio. Por otro lado, y con menos ruido, hemos leído las declaraciones de una edil navarra para quien el consumo masivo de drogas y alcohol no puede servir de excusa a los acosadores. Desconozco también si semejantes palabras, que condenan el abuso a las mujeres, mirando con condescendencia el abuso de las sustancias, les provoca a ustedes mi mismo sonrojo.

Empleos inútiles

El capitalismo es una máquina de creación infinita de empleos inútiles. Además de ser sentidos como tales por quienes los ejercen, están dedicados a los papeles y no a las personas. Si sus empleados los dejasen, el mundo ni se inmutaría. Por otro lado, temblamos ante el relato apocalíptico de que las máquinas destruirán nuestros trabajos. Nos invade la incertidumbre ante la imperiosa necesidad de crear empleos nuevos. Más si cabe por el hecho de que esos nuevos empleos requerirán una formación científico-matemática que no poseemos.

Sin embargo hay algo que no se nos ocurre en esa estúpida carrera por la creación de nuevos empleos. Hablo de valorar de una maldita vez los empleos ya existentes y más útiles de todos. Estos son los que se dedican al cuidado de las personas. El mundo no puede permitirse ni un solo día sin que realicen sus tareas quienes trabajan cuidando gente. Los cuidadores trabajan en las casas de otros, limpian cuerpos ajenos, los cuidan, sanan, curan, acompañan o enseñan. Los trabajos más necesarios son aquellos que trabajan directamente con personas, por y para las personas.

Algunas de estas tareas, por infinitas horas de trabajo que acarreen, no llegan a ser empleos. Otras viven en la ilegalidad, y la imagen de las hasta ahora mejor valoradas está cayendo en picado como la de los profesores. La razón está en la naturaleza del capitalismo. Y es que este ha supuesto una aceptable cantidad de crecimiento económico gracias a la cosificación de las personas. Convertir personas en números y papeles nos ha permitido simplificar enormemente nuestros trabajos. Esta cosificación ha eliminado el alto coste afectivo de trabajar directamente con y para la gente.

Sin embargo, estamos viviendo sus altísimos costes sociales. Y es que el mundo virtual de los papeles no es equivalente al mundo de las personas. Así, no puede durar más la fantasía de que se puede trabajar a pesar de las personas. Solo gracias a ellas podemos hacerlo y cobrar una contraprestación. La destrucción de los vínculos afectivos que sufren nuestras sociedades sin personas nos hace vivir y morir en la más absoluta soledad.

Si de verdad queremos construir un mundo mejor, no debemos crear más empleos que nos encadenen a tareas que solo mejoran nuestras cuentas corrientes. Estos empleos van a seguir siendo siempre insatisfactorios. Debemos valorar el trabajo social que es útil frente al empapelamiento inútil del mundo. La única revolución industrial que merece ser llevada a cabo, es la que cambie una sociedad de burócratas por una sociedad para las personas. Tan solo resta imaginarla de tal modo y fuerza que seamos incapaces de renunciar a un mundo sin ella.

Velos y desvelos del capitalismo

El tribunal de justicia de la UE ha dado la noticia de la semana. Ha respaldado la posibilidad de que las empresas europeas prohíban el uso de pañuelos islámicos en horario laboral. La opinión pública se ha posicionado de nuevo de forma errónea ante una decisión judicial de este calibre. Ante la regulación del uso en la vida pública de esta prenda ha adoptado dos respuestas mayoritarias.

El primer tipo de respuesta tiene un aire permisivo y tolerante. Según este, el pañuelo islámico puede usarse libremente en la vida pública con ciertas salvedades. Las excepciones consistirán en aquellos casos en los que las leyes con sentido común así lo indiquen. Por ejemplo, al acudir a un examen, pues podría utilizarse para ocultar tecnología fraudulenta. Sin embargo, la aplicación de estos supuestos se antoja improbable. Y es que nadie imagina a una adolescente musulmana mostrando su cabello en las centenas de exámenes de la ESO. La aparente tolerancia de esta vía anula realmente la función de la prenda. Además le suma un quitaipón grotesco que parece una burla inaceptable.

La segunda reacción está en la línea de un multiculturalismo que no es menos perverso que la primera. Sostiene que todo hábito religioso debe reservarse para la vida privada. El racismo bienintencionado de esta vía propone la negación pública de las diferencias culturales y las condena a la guetización.

Lo peor de ambas opciones es que las sentencias no tienen nada que ver con estas diferencias culturales hartamente instrumentalizadas. Lo que los jueces han aprobado es el infinito cinismo del capitalismo para aceptarnos con nuestras diferencias, siempre y cuando cedamos a la anulación de nuestra identidad pública. En lugar de cuestionarlo por injusto, los ciudadanos le dejan al capital el camino libre para consumar la homogeneización de las sociedades. Y es que cuanto sucede en términos capitalistas solo puede resolverse en esos mismos términos. Así, si en los años 70 Amancio Ortega resolvió la emancipación de la mujer gallega vendiéndole batillas de boatiné, ya desfilan hoy en las pasarelas modelos con hiyab modernos con el fin de que las marcas sean quienes incorporen de nuevo a las mujeres a la ultimísima sociedad.