Empleos inútiles

El capitalismo es una máquina de creación infinita de empleos inútiles. Además de ser sentidos como tales por quienes los ejercen, están dedicados a los papeles y no a las personas. Si sus empleados los dejasen, el mundo ni se inmutaría. Por otro lado, temblamos ante el relato apocalíptico de que las máquinas destruirán nuestros trabajos. Nos invade la incertidumbre ante la imperiosa necesidad de crear empleos nuevos. Más si cabe por el hecho de que esos nuevos empleos requerirán una formación científico-matemática que no poseemos.

Sin embargo hay algo que no se nos ocurre en esa estúpida carrera por la creación de nuevos empleos. Hablo de valorar de una maldita vez los empleos ya existentes y más útiles de todos. Estos son los que se dedican al cuidado de las personas. El mundo no puede permitirse ni un solo día sin que realicen sus tareas quienes trabajan cuidando gente. Los cuidadores trabajan en las casas de otros, limpian cuerpos ajenos, los cuidan, sanan, curan, acompañan o enseñan. Los trabajos más necesarios son aquellos que trabajan directamente con personas, por y para las personas.

Algunas de estas tareas, por infinitas horas de trabajo que acarreen, no llegan a ser empleos. Otras viven en la ilegalidad, y la imagen de las hasta ahora mejor valoradas está cayendo en picado como la de los profesores. La razón está en la naturaleza del el capitalismo. Y es que este ha supuesto una aceptable cantidad de crecimiento económico gracias a la cosificación de las personas. Convertir personas en números y papeles nos ha permitido simplificar enormemente nuestros trabajos. Esta cosificación ha eliminado el alto coste afectivo de trabajar directamente con y para la gente.

Sin embargo, estamos viviendo sus altísimos costes sociales. Y es que el mundo virtual de los papeles no es equivalente al mundo de las personas. Así, no puede durar más la fantasía de que se puede trabajar a pesar de las personas. Solo gracias a ellas podemos hacerlo y cobrar una contraprestación. La destrucción de los vínculos afectivos que sufren nuestras sociedades sin personas nos hace vivir y morir en la más absoluta soledad.

Si de verdad queremos construir un mundo mejor, no debemos crear más empleos que nos encadenen a tareas que solo mejoran nuestras cuentas corrientes. Estos empleos van a seguir siendo siempre insatisfactorios. Debemos valorar el trabajo social que es útil frente al empapelamiento inútil del mundo. La única revolución industrial que merece ser llevada a cabo, es la que cambie una sociedad de burócratas por una sociedad para las personas. Tan solo resta imaginarla de tal modo y fuerza que seamos incapaces de renunciar a un mundo sin ella.