Velos y desvelos del capitalismo

El tribunal de justicia de la UE ha dado la noticia de la semana. Ha respaldado la posibilidad de que las empresas europeas prohíban el uso de pañuelos islámicos en horario laboral. La opinión pública se ha posicionado de nuevo de forma errónea ante una decisión judicial de este calibre. Ante la regulación del uso en la vida pública de esta prenda ha adoptado dos respuestas mayoritarias.

El primer tipo de respuesta tiene un aire permisivo y tolerante. Según este, el pañuelo islámico puede usarse libremente en la vida pública con ciertas salvedades. Las excepciones consistirán en aquellos casos en los que las leyes con sentido común así lo indiquen. Por ejemplo, al acudir a un examen, pues podría utilizarse para ocultar tecnología fraudulenta. Sin embargo, la aplicación de estos supuestos se antoja improbable. Y es que nadie imagina a una adolescente musulmana mostrando su cabello en las centenas de exámenes de la ESO. La aparente tolerancia de esta vía anula realmente la función de la prenda. Además le suma un quitaipón grotesco que parece una burla inaceptable.

La segunda reacción está en la línea de un multiculturalismo que no es menos perverso que la primera. Sostiene que todo hábito religioso debe reservarse para la vida privada. El racismo bienintencionado de esta vía propone la negación pública de las diferencias culturales y las condena a la guetización.

Lo peor de ambas opciones es que las sentencias no tienen nada que ver con estas diferencias culturales hartamente instrumentalizadas. Lo que los jueces han aprobado es el infinito cinismo del capitalismo para aceptarnos con nuestras diferencias, siempre y cuando cedamos a la anulación de nuestra identidad pública. En lugar de cuestionarlo por injusto, los ciudadanos le dejan al capital el camino libre para consumar la homogeneización de las sociedades. Y es que cuanto sucede en términos capitalistas solo puede resolverse en esos mismos términos. Así, si en los años 70 Amancio Ortega resolvió la emancipación de la mujer gallega vendiéndole batillas de boatiné, ya desfilan hoy en las pasarelas modelos con hiyab modernos con el fin de que las marcas sean quienes incorporen de nuevo a las mujeres a la ultimísima sociedad.